rena/Ser

Cuando me mudé por primera vez, no sabía nada de esa ciudad: ni a dónde ir, ni cómo salir, ni cómo llegar a la facultad. Me equivoqué de bondi una y mil veces. Me desorienté y no usé GPS. Perdí las llaves del departamento y caminé tres horas hasta encontrarlas en el medio de un parque. Eso me pasó unas cuaaaantas veces.

Cuando me mudé por primera vez, aprendí a vivir con ojos de turista. Empecé a escuchar una nueva radio, a sintonizar otras estaciones, a intentar organizar las compras semanales con una listita que después nunca seguía y a buscar nuevos almacenes de barrio. Aprendí a perderme, a encontrarme, a desorientarme, a cuestionarme.

Cuando me mudé por primera vez, tardé varios meses en volver.
Pensé que haberme adaptado bien era suficiente, así que me mudé por segunda vez.

Me acostumbré: a empezar de cero, a re-na/ser.

Me desacostumbré a conocer el camino de vuelta a casa, los colectivos, los horarios y el kioskito de barrio. Me desacostumbré a decirle hola al portero, a charlar con él y pedirle que arregle la persiana del balcón. Me desacostumbré a saludar a los vecinos cuando los cruzo en el hall del edificio. Me desacostumbré a ver a los abuelos recibir a sus nietos los domingos. Me desacostumbré a verlo a él con un bastón haciendo los mandados y a ella saliendo solo para los chequeos médicos. Me desacostumbré a conocer al loco del 3°, a cruzarme a los hermanos del 10° que se mudaron al 6°.

Me acostumbré a que me pregunten por qué, para qué. Me acostumbré a explicar qué me gusta hacer, por qué elegí este lugar y qué me trae por acá. Aunque no tenga respuestas, me acostumbré a inventar.

Me acostumbré a nunca saber cómo volver a casa, a tener que googlear, a tener que preguntar. Me acostumbré a no tener que esperar el colectivo, a estar apretada en el subte, a ver cabezas agachas embobadas con la pantalla de un celular. Me acostumbré a ver gente durmiendo y despertando justo a tiempo. Me acostumbré a ser turista en la ciudad. Me acostumbré a no tener (una sola) casa: a ir renovando el espacio físico asociado a esa palabra.

Me acostumbré a no saber. A no conocer. Me acostumbré a aceptar recomendaciones y a probar. Me acostumbré al bullicio, a las bocinas y a los edificios. Me acostumbré a ver gente con perros y a saludarlos a todos con mi mejor cara de feliz cumpleaños. Me acostumbré a que los dueños me miren raro.

Me acostumbré a ver gente con caras tristes y a sonreírles. Me acostumbré a decir “perdón”, “gracias” y que me miren como si fuera una marciana. Me acostumbré a sentirme extra-terrestre.
Y me encanta.

Me acostumbré a volver a nacer. A veces siento que necesito resetearme a condiciones de fábrica, así que lo proyecto tanto que si no me sale en la vida real, lo hago con el celular. Es mi forma millennial de volver a empezar. Me di cuenta de esto un sábado/domingo a las 4 de la mañana, cuando un desconocido en un bar se me quedó mirando con cara de no entender nada.
Me dijo indignado “no te saco la ficha, no comprendo qué hacés acá”. No supe qué responder, le dije que vivir en Capital era un deseo de cuando era chica y necesitaba probar. Soñaba con una ciudad que no conocía, a la que nunca había visitado pero a la que idealicé desde temprano. Soñaba. Y lo sigo soñando.

Soña-ba y me sigue pasando. Me encanta no conocer, no saber. A esto también me acostumbré: a no tener nada que perder.
A querer cosas muchas veces sin entender por qué.
Y unas horas después, le respondo a ese extraño del bar: lo que me trae es mi propia búsqueda inagotable de novedad, de mundos por descubrir y de costumbres por adoptar. Soy yo, que quiero volver empezar, que me quiero des-acostumbrar. Que tengo intriga y que quiero ir por más. Soy yo, que me aburre la conformidad, soy yo que no puedo estar sentada aunque tenga algunas lagunas estancadas. Soy yo que necesito movimiento, que me quedo con ganas, me arrepiento y un par de veces lo intento.

Soy yo, que con mis costumbres desacostumbradas
y mi mundito readaptándose, estoy empezando de nuevo.
Otra vez,
here we go.
Again.

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wishlist

Hoy estuve pensando en todas las cosas que quiero hacer con vos.

Quisiera que encontremos una esquina, alguna que tenga un distintivo: afiches, carteles, reclamos por algún sueldo no pago, el nombre de la calle grabado. O no. Mejor que sea una más, porque para vos y para mí esa ochava no es una cualquiera, esa esquina es el escenario de nuestra historia y eso la vuelve especial.

Quisiera que tengamos un diario de nosotros. No de todos los días, pero algo medianamente periódico. Me da miedo no conocer algo tan tuyo como tu letra y estoy segura de que voy a hacer lo posible para no olvidarla. Sos más que la Arial del celular y quiero ver tu cara cuando escribís sin poder borrar. Tengo ganas de que sea ese momento para decirte que escribir en vivo es un poco la vida real. Todo bien si te equivocás, pero el tachón quedó. Me vas a pedir perdón por tu desprolijidad (lo sé), pero eso va a suceder hasta que conozcas la mía. Escribo chiquito, a veces (mentira, siempre) mezclo imprenta y cursiva; me suena a que es porque soy distraída. Ya sabés, corto las ideas y rara vez sé cómo seguirlas.

Quisiera cocinarte, inventarte platos que nunca probaste. Quisiera que me cocines lo que más te guste, que te inspires.

Quisiera descubrir rincones de ciudades a donde jamás fuimos y que sintamos cosas que nunca habíamos sentido.

Quisiera que hagamos un montón de cosas, que nos riamos sin sentido, que sin decir una palabra nos entendamos. Sé que una mirada bastaría para saber en qué estamos pensando.

Quisiera que caminemos miles y miles de kilómetros, que viajemos lejos, que hagamos dedo y nos levante un camionero, le inventemos anécdotas para hacer el camino más llevadero. Que acabemos llegando a algún pueblo extraño, un lugar desconocido y ahí, arrancar desde cero.

Quisiera empezar de nuevo.
Desconocerte,
encontrarte,
elegirte y empezar de inmediato:
descubrir nuestra esquina,
hablarnos a cada rato,
buscarnos,
mirarnos,
descubrirnos y,
en esa magia,
quedarnos.
Y de todas esas cosas que quiero,
vos
siempre
estás primero.

volvernos invisibles

utópica

Cuando era chica
flasheaba que de grande
iba a ser
presidente
artista
astronauta
veterinaria
especialista en matemáticas
periodista
pacifista
humanista
ambientalista,
y otro montón de cosas distintas que
decía cada domingo,
cuando la familia entera se reunía
en casa de mi abuela.
Sigo con ese embrollo mental
que para mi es super divertido
porque de repente soy de-todo
y de la nada, caos-caos-caos.
Y ese todo se torna aburrido.
Hoy se me ocurre que tengo ganas de aprender a dibujar
pasado quiero pintar.
Mañana escribo,
pasado investigo,
leo leo leo
y se me vuelve aburrido.
Me pone mal ver
que a nadie le importa
el planeta como para cambiar su forma de ser.
Me pongo mal porque
aunque me haga la corazón-de-piedra
acá adentro me desespera
no poder ver
ni pensar
en que mañana quizás
un montón de animalitos ya no van a estar,
mucha gente va a seguir sin poder tomar agua,
y, por si nadie se dio cuenta, las temperaturas van a aumentar.
Perdón, esto suena muy catastrófico pero de verdad
me sensibiliza por demás.
Vi la foto de “La isla de basura”,
que es más grande que Francia.
No sé de kilómetros cuadrados
ni quiero contabilizarlos,
pero en el medio del Pacífico algo muy groso está pasando.
“Mirá por lo que te ponés mal, sos o te hacés?”
Es que no puedo evitarlo
porque para mí,
una vez que abriste los ojos,
ya no podés ignorarlo.
Y por más miope que seas
a esto ya no podés esquivarlo.
Está por todos lados
y de repente, una pandemia
que arrasa con todos los que no acceden
a hospitales, a escuelas.
Le quita la sonrisa a los que
no tienen un par de papelitos en su billetera.
Me atajo
y anticipo
no quiero dar una clase magistral
sobre cuidado ambiental,
humanismo
y un montón de cosas más.
Me preocupa
que seamos pocos
-aunque cada vez más-
los que queremos
darle una vuelta de tuerca
a cómo vivimos en este planeta.
Me da miedo que nadie esté hablando
sobre el mundo que estamos dejando
a las futuras generaciones,
a los propios yo-del-futuro,
Me da miedo
y no puedo evitarlo,
este tema es adictivo
a veces no sé cómo frenarlo.
Me sale la ambientalista
y termino quedando como una moralista
pero está claro:
yo lecciones de vida no me siento capaz de dar
solo voy esparciendo la frase que a mí me hizo cambiar:
si no empezas por vos, ¿entonces por quién más?

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fiebre

La pasión no entiende de razón. La pasión es puro corazón. La pasión te dice que viajes a Rusia aún sin saber que Messi solo iba a hacer un gol. La pasión hizo que Di María patee fuertísimo al arco y la clave en el ángulo. La pasión es dejar todo sin siquiera cuestionar por qué, para qué. La pasión no entiende para qué. No busca motivos, capaz porque no los encontraría. La pasión tiene el poder de hacerte latir rápido el corazón.

La gente apasionada me pone la piel de gallina. Ver el partido de Argentina era estar en un constante escalofrío, escuchar a la hinchada cantar sin parar aún cuando sabíamos que no íbamos a clasificar. Apenas terminó, salimos al balcón. Los vecinos empezaron a gritarse desde los edificios que subastaban el televisor, que habían faltado huevos, que viva “el Diego”. Otros aplaudían, alentaban. En la calle la gente cantaba. Parecían no haberse enterado que perdimos por goleada. De verdad, en ese momento no importaba nada.

Cuando los jugadores salieron a la cancha, se me puso la piel de gallina. Cuando los enfocaban durante el himno, parecía una cancha de Argentina. Era increíble que el estadio estuviera repleto de camisetas albicelestes, era increíble que a un océano de distancia y después de miles de escalas, la gente ahorrara y con el dólar en cifras disparatadas estuvieran ahí, sin que les importe nada. Era increíble y sucedía. Porque digan lo que digan, el fútbol tapa muchas cosas pero en esos 105 minutos totales, todos éramos lo mismo: hinchas de Argentina.

Todos gritamos el gol de Di María (yo no, perdón pero solo me reía). Apenas el árbitro dio el pitazo final me empecé a reír (qué raro). No era el momento adecuado, pero es eso: la pasión no sabe cuándo. La pasión hace que un sábado nos levantemos 8am a ver un partido que el 30% de los televidentes daba por perdido. La pasión hace que una amiga compre chipá y cocine medialunas con jamón y queso solo porque nos juntábamos a brunchear. La pasión no sabe de horarios, hace que des lo mejor de vos sin pensar en cuestionarlo.

La pasión crea cábalas, te dice que la bombacha roja, que la camiseta rayada, que lo mires sentada. La pasión deja a los relatores con la voz quebrada. No me imagino mirando un partido sin el clásico periodista de Mundiales que no sé cómo se llama, pero amo su voz y para mí su discurso sensible es el mejor. La pasión hace que un tipo admita en vivo que no sabe quién hizo el gol, porque se emocionó y lo cantó. La pasión hace que se rehúse a relatarlo sentado: está muy nervioso, necesita estar parado. Qué nos van a hablar de seguridad, en Argentina hay canchas que tienen grietas y la gente va igual. En Argentina un gol nos puede hacer reír, llorar, sentir, gritar, quedarnos mudos, saltar, emocionarnos; un acto casi tan sencillo como que entre una pelota en el arco del equipo contrario nos cambia el humor, paraliza ciudades. No sé transmitirlo, siento que nada de lo que diga podría llegar a describirlo.

Un video español (miralo y emocionate) lo llama la fiebre albiceleste. Para mí es la pasión. No sé si existe algún país como este. No sé cuántos serán los que están en plena crisis económica, luchando por el aborto legal, no sé cuál es el índice de pobreza en otro lugar. No sé si en otro país del mundo es normal dejar de dar clase para ver a la selección nacional. No sé si existe una nación en la que todo quede en stand-by, desde una farmacia, tiendas de ropa, el supermercado o el servicio público: acá, todo queda parado. Acá durante el Mundial admito que nos olvidamos de lo mal que estamos. Nos refugiamos en el deporte que más celebramos. Nos refugiamos porque de a ratos por lo menos sentimos que hay algo que nos mantiene vivos, hay algo por lo que festejamos. Aún cuando casi quedamos fuera en la primera ronda. Aún cuando el mejor jugador del mundo lleve puesta nuestra camiseta pero no se luzca haciendo alguna de sus piruetas. Aun ante las peores circunstancias, los fundamentalistas del fútbol van a sostener que la pelota no se mancha.

Si existe alguna nueva enfermedad Mundial, estoy segura que es fiebre albiceleste. Y ojalá los científicos nunca le encuentren la cura, porque el fútbol es esto: una locura. Y nuestro país, el manicomio más lindo del mundo.

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versión

Mientras viajaba me dieron ganas de escribirte un mail. Voy a suponer que sé cómo es tu dirección y que una respuesta automática me avisa que esto ya se leyó.
Si este mensaje tuviera un asunto, sería “eyes never lie, chico”.
***

Junio 2018.

A vos sobre mí,

Creo que no es necesario que te escriba para decirte lo que pensaste que nunca te diría.
Esta vez te escribo a vos sobre mí. Siempre es al revés, escribo para vos sobre vos. Hoy no. Como soy tozuda y me gusta estamparme la cabeza contra la pared, quiero dar rienda suelta a lo que me pasa con lo que haces. No importa si vos ya te diste cuenta, quiero que lo sepas “a ciencia cierta”.

No sé explicarlo: cuando tengo que hablar de lo que me pasa no puedo ordenarlo. Quisiera decirte muchas cosas y no sé por dónde empezar. Tal vez desde el comienzo, tal vez por el final.

Creo que durante algún tiempo pensamos tenerlo controlado. Hoy te lo niego: a mi se me fue de las manos. En realidad nunca pasó por ahí, tener un sentimiento bajo control es como decir que estamos cerca de Plutón. (No tiene nada que ver, pero sé que vas a entender).

Hay algo que voy a festejar de vos. Cuando estoy con vos, sos una linda versión. No importa qué tan banal sea la anécdota o cuál sea la hora para que tengamos una conversación. De por medio, siempre risas y ese juego que amo/odio: que-sí-que-no.
Hay algo que voy a festejar siempre de mí: cuando estoy con vos, soy siempre yo. No sé si existe eso de mi mejor versión, pero me di cuenta que no necesito caretear nada, no me río de forma disimulada, no estoy esforzándome por caerte bien, no me siento (in)segura aun estando toda despeinada. Sin máscaras, sin darle tantas vueltas a qué decir, cuando estoy con vos me sale así.

Podría escribir cien páginas hasta encontrar algún que otro porqué. Podría buscarlos y capaz nunca hallarlos pero creo que esta vez fui spoiler y en el asunto del mail te anticipé la conclusión. Eyes never lie, chico. Vos repetí las excusas que quieras, incluso engañate con lo que sea. Pero los dos sabemos una cosa: cuando nos miramos la burocracia amorosa que armamos se desvanece y nos quedamos tildados. Suena raro pero es real: ese papeleo administrativo para llegar a la final es puro bla-bla. En los ojos, la verdad. 

No me importa lo que digas con tu boca, sé que cuando estamos en frente a los dos se nos nota. Lo pensé tanto que al final me quedé con ganas de decirte que me encanta ver cómo se nos iluminan las pupilas cuando tu cara está frente a la mía. Y ahí, en ese instante, te lo repetí mil veces: no hay mentiras.
Somos vos y yo, y (en) eso, somos los dos.
Que decimos no

y aunque
no fuimos
para mí,
siempre sí.

fin.

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cheque al portador

Un día
hablando
esbocé que
en tu CV
podrías añadir muchísimas cualidades
como por ejemplo:
“no hablo de trivialidades,
no me interesan las banalidades,
buenos modales,
elijo posiciones imparciales,
cuando sonrío se me notan los molares
soy constante en mi inconstancia,
no cedo fácil
y, por si aún no te diste cuenta,
detesto perder las apuestas:
siempre me quedo con la última respuesta”.
Como carta de referencia, te describiría:
“Sos hábil
para saltear la parte interrogatoria,
sos rápido cuando te queres escapar
y, ni hablar,
tenes un magister en fantasmear.
Sos esa risa nerviosa
que empleas cuando no se te ocurre otra cosa,
sos tu peinado
y los gestos que haces con las manos.
Sos un (poco) enredado
pero acaso
¿existe alguien con los cables bien acomodados?
Sos la batería de un C115:
podés estar trescientos días sin parar
pero si te descuidas un minuto,
se pierde la señal.
Sos ocurrente,
sabes qué decir
y cómo caerle bien a todos mis parientes.
Sos inteligente,
sabes cómo hacer para actuar como si nada,
porque de repente
estamos al lado
y cuando abrí los ojos
habías dejado un cartel improvisado
en una servilleta berreta:
‘salí temprano’.
Sos creativo,
a cada paso, tres esquivos.
Sos diferente,
tan raro entre toda la gente”.
Sos vos,
que descubriste que tu “mejor versión”
era cuando podíamos hablar
sin pensar tanto en el qué dirán.
Sos vos,
que preferiste improvisar
aunque pudiera salir mal,
aunque todos dijeran
que no conveníamos
y, sin embargo,
lo intentamos igual.
Sos vos
cada vez más vos
y a mí
eso
es lo que más me gustó.
Porque vos-sos-vos
y yo-soy-yo,
y, en el medio,
nos descubrimos los dos.

clouds

escondida

Sigo buscando una tipografía
(mejor no aclaro hace cuánto)
no solo que me guste
sino que se entienda,
que lo lea y sonría,
que lo mire y mi vista
se contente
con tan poquito como una fuente bonita.
Por un tiempo elegí una más convencional,
una que ni fú ni fá.
“Es demasiado recta”,
“no se puede adaptar”.
“Es demasiado espaciosa”
y -confieso- el tracking me da miedo tocar.
De a ratos intento convencerme
de que queda bien,
que es lo que necesito
que tengo que seguir avanzando con el proyecto
porque menos de dos semanas me quedan
para tenerlo 100% listo.
Mis compañeras dicen que está bien,
que le de para adelante.
Y en todo este tiempo
no hice nada,
solo le agregué cosas
para engañarme con que
de verdad, esa tipografía me gustaba.
Pero en el fondo,
-muy en el fondo-
casi en voz baja,
en secreto,
yo lo sabía:
esta bomba iba a explotar.
Tenía todas las alertas posibles
y (como siempre) me dejé estar.
(No) es que repito el patrón pero… esto (no) es casualidad.
Intentar auto engañarse
es lo más triste que hay.
Esta tipografía me encanta //
está re bien //
queda linda //
se puede leer //
es agradable a la vista //
aprovechá la oportunidad, estás haciendo lo que querés //.
Todas esas cosas escucho
pero cuando llego y abro el InDesign
me encuentro con ella
y nos enfrentamos a lo real.
No pega con el proyecto,
con mi idea final.
Faltan 10 días y busco descargar
alguna que me guste,
una-tipografía-que-me-guste.
UNA.
No pido (mucho) más.
(A veces) (el 99.9%) idealizamos mucho;
las expectativas superan la realidad.
Mi piedrita en el zapato
fue buscar
en lugares donde no debía
una alternativa a esta tipografía.
Creo que en las cosas de la vida real
pasa lo mismo.
Uno a veces está buscando
algo que tiene super mega
archi
re
hiper
idealizado.
Y de a ratos
encontramos
una piedrita que va bien,
que es cómoda,
funcional,
que de a ratos convence
y nos dejamos acompañar.
Caminamos algunos metros,
por qué no kilómetros
e incluso cambiamos de ciudad;
exploramos continentes,
se vuelven todo terreno y en esos zapatos
se almacenan miles de recuerdos:
aquel recital, el viaje a tal lugar, los momentos de soledad.
La piedrita -intacta- siempre está.
Esta tipografía cumplió su función,
me acompañó durante los últimos 3 meses
pero desde un principio sabía que
(no) era lo que yo (más) quería.
Quiero otra,
o hacer un curso de caligrafía.
(¿PODÉS CAER EN LA CUENTA QUE SOLO QUEDÁN 10 DÍAS?)
Vine esquivando este debate interno
(entre mis dos “yo”)
que ni siquiera entiendo.
Uno quiere seguir los consejos de todos
y el otro quiere abandonar el archivo.
Al fin y al cabo
los dos coinciden:
hay que cortar por lo sano.
¿Existirá alguna manera de cortar que no haga mal?
Solo queda 1 semana y tres días para entregar
y en mi cabeza no paro de pensar en
cómo pude patear
esta discusión
si desde el principio
esta relación
entre
la tipografía y ese intento de pseudo-poesía
no era genuina.
Me olvidé de guardar los últimos cambios
y tengo ganas de huir,
equivocarme de archivo
mandar a imprimir
fotos de mi perro
o algunos de los dibujitos horribles
que hice en el cuaderno,
cuando en lugar de escuchar al profesor
fingí que ese problema ya estaba resuelto,
pero no.
Definitivamente
el tiempo ahora no es mi aliado
y solo resaltó
que por mucho que intente
convencerme, engañarme
y decirme “ya fue, con esta quedó”,
me demostró que
patear la cosa para adelante,
posponer el problema
o quedarme con la primera piedrita
era como esconder el desorden en el placard.
Apenas abrís la puerta
todo eso se cae
y hay que volver a empezar.
“No lo intenten en sus casas” (te podés acostumbrar),
dirían en un programa tipo Bricollage.

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